12 de agosto de 2012

Escritos de mayo (fragmento)

Allí estaba yo, esperando un milagro, siempre mirando hacia abajo para encontrar cosas mas pequeñas que yo y así no sentirme mal, esperaba impacientemente el día en que pudiera salir de esa malintencionada disciplina. Ausente, solitaria y callada, observaba mis últimos días junto a los que me hicieron tanto daño.
 
En medio de sonrisas de despedida, lágrimas de hipocresía y abrazos de rencor se firmaron mis papeles, mire fijamente la única razón que hacía elevar mi vista, el cielo, ¡Y que cielo! despejado, limpio, infinito y claro. Camino a casa no hubo un solo momento, o una sola excusa, que me hiciera apartar mis ojos de él, una nube enorme y suave me hizo regresar a la tierra para sonreír y de repente ver a un extraño ser. Caminaba como todos, extrañamente común, de ese tipo de personas que jamás recordarías su nombre, en su mirada había tranquilidad e ingenuidad, su boca esbozo una sonrisa que aun no se si expresa pena o prisa, pasó justo a mi lado, mientras yo intentaba recordar mi rencor contra estos extraños seres, me obligue a no ilusionarme de nuevo, después de todo, qué podía yo ofrecer ¿mi rostro macilento, mi cuerpo infantil?
 
Pase largo tiempo pensando en él, mientras en mi alma surgía una dicotomía, nunca antes había estado tan contrariada, quería pensar en él para que su mirada me contagiara un poco de su tranquilidad; pero no quería ilusionarme y sufrir por algo que ante el sólo hecho de ser ya era imposible.

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